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Carmen Leo

Escena I · Novela en curso

La séptima cuna

De Equilibrium, la novela que estoy escribiendo.

Textos Sagrados. Primera enseñanza.

Cuando una ori transita, otra llega para ocupar su lugar.
El mundo sigue un orden perfecto,
que no debe alterarse bajo ninguna circunstancia.

La regente saca una llave del bolsillo, abre la sala de llegadas y cierra la puerta tras de sí.

Ha estado muchas veces en ese lugar, siempre en compañía de Mileva. Sus palabras llenaban la estancia y se movía de un lado a otro con soltura. Eran momentos mágicos, porque a ella le agradaba especialmente ese sitio, decía que era sin duda el lugar más hermoso de Wura, y la alegría que desprendía cuando estaba entre aquellas paredes lo confirmaba. Parecía diferente, como si allí olvidara por unos instantes las obligaciones, igual que cuando estaban a solas y se relajaba, con esa risa contagiosa que tanto gustaba a Adális.

En cambio, en esta ocasión, la joven tiene la impresión de estar en medio de un vacío, sorda, y se detiene a observar una hilera de cunas acomodadas a la misma distancia, olvidando por qué ha llegado hasta ahí. La devuelve a la realidad el balbuceo dulce de una recién creada y, emocionada, sigue el sonido hasta el primer lecho. Allí encuentra una niña vestida de blanco, que se muerde un dedo por uno de los laterales de la mandíbula, evitando el par de dientes que tiene en la parte central. Se acerca para mirar la letra grabada en la frente de la pequeña y ve una «e», lo que significa que se trata del reemplazo de Yúa, la ensanchadora. La coge en brazos y, tras hacerle unos arrumacos, la deja en el suelo, de pie. Cogidas de la mano, muy despacio, porque la niña no mantiene el equilibrio, llegan a una mesa en el lado derecho de la puerta, sobre la que reposa un libro de registro.

—Te llamarás Ela —dice Adális, y sonríe a la recién creada, que pierde la estabilidad y cae sentada—. De acuerdo, espera ahí.

Inscribe los datos de la pequeña en el tomo, se agacha para volver a cogerla y sale de la habitación para entregarla a una galena; el hospital se hará cargo de ella hasta que cumpla los tres años y después ingresará en la escuela hasta los nueve, edad en la que comenzará su labor en la gruta. Adális regresa para buscar a Alanna. Lleva tiempo pensando en el nombre de la futura reina, y de entre todos los que se le ocurrían se decidió por ese. Le hubiera gustado que tuviese una letra h, pero no podía tener más de seis letras: los de siete pertenecen a los creadores y los de cinco para abajo, al resto de propósitos.

Se dirige a la segunda cuna, pero no está, y continúa mirando hasta que en la séptima encuentra algo que la deja inmóvil.

La recién creada no guarda ningún parecido con Yúa, ni con ninguna otra que haya visto antes. Es muy pequeña, frágil; su piel no es lisa, sino que le hace pliegues y tiene un color tostado muy alejado del blanquecino de las oris; además, está desnuda y un trozo de carne sujeto con una pinza le cuelga del ombligo. Tampoco hay rastro de la marca en la frente, la silueta de un ojo que contiene la inicial que predestina el propósito y que, en su caso, debería contener una R.

La regente se lleva las manos a la cara. Mileva jamás le habló de esa posibilidad y ya, en su primer día de gobierno, no sabe cómo resolver una situación que, por otro lado, rompe con el estricto orden establecido por los creadores.

«Ellos no dejan nada al azar», se repite para no perder la calma. «Y si han decidido que Alanna sea así, alguna razón tendrán».

La acurruca contra su pecho con cuidado, despacio para no romper ninguno de sus huesos.

Carmen Leo

Sigue en la escena II Un recibimiento amable