Escena II · Novela en marcha
Un recibimiento amable
Una noche de tormenta, una verja que se abre y una escopeta que nunca se había usado.
La lluvia y el viento arrastran el sonido de la verja de la entrada. Los hierros golpean unos sobre otros con insistencia, avisan a Santiago de que el cerrojo manual, el mismo que cierra con verdadero esfuerzo, ese que lleva días queriendo arreglar por si alguien del pueblo lo necesita y que ha echado minutos antes consciente de que el ruido no lo dejaría dormir, se ha abierto. Varias hipótesis rondan su cabeza en un segundo y, como no tiene certeza de ninguna, con la paciencia que otorga la vida en el campo, observa con sigilo por la ventana, agazapado tras un tabique del salón. Ante los ojos inocentes del modesto labrador, una sombra veloz y difusa corre en dirección a la casa, con un objeto puntiagudo en cada mano que la oscuridad de la noche no le permite ver con claridad. Su cuerpo se tensa en ese instante, la mente da por ciertas las peores expectativas y el instinto de supervivencia le grita con insistencia que se proteja.
—Me cago en to —protesta en voz baja, y mira hacia arriba.
Echa las cortinas y camina de puntillas hacia un armario rústico situado en la pared de enfrente; incluso gatea cuando recuerda la fragilidad de los cristales. Sin levantarse y con bastante dificultad, saca una escopeta. No la ha utilizado nunca, la guarda porque su padre insistía en que el mundo se había vuelto loco y era mejor prevenir que lamentarse. Cuánta razón tenías, piensa; carga el arma con dos cartuchos, tal como le enseñó, y a rastras llega a la entrada. Se incorpora de un salto y espera con el corazón latiendo a ritmo descompasado. Segundos más tarde, oye un sonido parecido al de unos nudillos golpeando la madera y abre despacio, con el cañón apuntando a la calle. Delante de él, una mujer grita, trata de golpearlo con un zapato de tacón; él se defiende, interpone el arma, el tacón se engancha en el gatillo, dispara y la mujer cae al suelo.
—Si es que tú no estás hecho pa esto, Santiago —pronuncia en voz alta—. Por favor, que no esté muerta.
Quita el otro cartucho y deja la escopeta en el suelo —desconfía más del arma que de la mujer— y con delicadeza extrema acerca dos dedos a la yugular para comprobar que tiene pulso. Santiago sonríe aliviado y observa con atención en busca de un rastro de sangre que no encuentra, pero ella no recupera la conciencia y, sin mover el cuerpo, por si hubiera sufrido algún daño, levanta los pies de la desconocida. La falda que viste, por debajo de la rodilla, cae con el peso de la gravedad dejando visibles unas bragas de encaje negro. La imagen arrastra la mente de Santiago fuera de la realidad durante tres segundos de absoluto silencio, porque hasta el agua que caía del cielo bruscamente se ha detenido junto a los pensamientos del joven, en una escena que no contempla desde hace años. Ya de regreso al impacto que ha sufrido contra las losetas de barro, suelta una mano para elevar la prenda y, cuando la tiene bien sujeta junto a la pierna, repite la misma acción con la otra. La mujer despierta tras un agotador minuto de culpabilidad.
—Perdón. Es para que la sangre llegue mejor al cerebro, estaba inconsciente. —Avergonzado por la mirada de la desconocida, suelta las extremidades de golpe—. Perdón —insiste cuando golpean el pavimento—. Perdón, lo siento. Soy Santiago, ¿está bien?
—Sí, solo un poco mareada. Mi nombre es Ágata —contesta después de incorporarse—. Casi me mata.
—Usted me atacó primero —reprocha igual que un niño después de una trastada; camina hacia el interior, deja el arma en su sitio y regresa junto a ella—. Yo estaba mu tranquilo y, para su información, le diré que soy un hombre pacífico y respetuoso.
—Eso pensaba, pero permita que tenga dudas. Por cierto, ¿acostumbra a recibir a la gente a punta de escopeta? —pregunta, y extiende el brazo.
—Por supuesto que no. —Con delicadeza, tira de ella hasta verla en pie—. Pero en este pueblo viven seis personas, contando conmigo, y todas son mayores, así que ninguna corre ni lleva tacones en las manos, que, por cierto, parecían de todo menos eso. —Coge aire—. ¿Y cómo es eso de que pensaba? ¿Acaso me conoce?
—¿Yo a usted? En absoluto. —Ágata se apoya en su hombro—. Pero llamé con la esperanza de encontrar un recibimiento amable.
Él la sujeta por la cintura y, ubicado de nuevo en la parte del cerebro que genera cosquillas en el estómago, la guía hasta el sofá para que se siente.
Eso no está bien, Santiago, piensa de camino al dormitorio. Puede que lleves mucho tiempo de sequía, pero eso no te da derecho a andar mirando con deseo las partes íntimas de nadie. Ya sé que te ha pillao desprevenío, pero eres un hombre respetuoso y te esperaba más sosegao. Pasa porque ha sío espontáneo y no lo has hecho con malicia, pero que no se vuelva a repetir.
Carmen Leo
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La próxima escena llega el lunes 5 de octubre.